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Con
relación a la valoración del tiempo de vida, que es nuestra energía de
base, o temporalidad, los tibetanos apelan al símbolo protector de la
Tara Blanca, protectora de la vida y particularmente, de la muerte
anticipada.
Esta diosa otorga paz,
prosperidad, salud y buena fortuna. denominada la Tara de los siete ojos
(saptakshi tara), tiene un tercer ojo frontal y ojos en las palmas de
sus manos y pies. Los ojos en las palmas suelen representar la fusión de
la sabiduría y el método de aplicarla (upaya). La postura sedente es de
loto completo, o postura de diamante según el budismo sugiriendo una
actitud de internalización y meditación contrastante con la postura
activa de la hechicera en Tara Verde. El loto de Tara Blanca se halla
cerrado, subrayando el símbolo de interioridad, cuanto el de Tara Verde
es un loto abierto. Ambas indican, con la mano izquierda, el mudra de la
generosidad: varada mudra, el principio que hace circular la vida y que
recuerda la interdependencia de todos los factores.
Hay un relato en la
tradición tibetana que insiste en la valoración de la encarnación
humana: se dice que si una tortuga de mar sacara su cabeza de las aguas
una vez cada mil años; y, al mismo tiempo, un pescador lanzara su aro de
pesca también una vez cada mil años, la probabilidad de nacer humano, es
la misma que tendría aquel pescador de enlazar a la tortuga. Finalmente,
dentro de la corriente del mantrayoga, la actitud del meditante es la de
tener conciencia de ser un ser divino pues tal divinidad le vendría de
la preciosa encarnación humana . Por lo mismo, la encarnación es aun más
valiosa cuanto además de ser una ocasión excepcional dentro del ciclo
del renacimiento, participa de una vida siempre corta:
“…breve
es la vida de los seres humanos… no se sustrae a la muerte…”
El siguiente texto de la
tradición budista lo relacionamos y lo dedicamos al simbolismo de Tara
Blanca dado que es una suerte de parámetro que nos permite autoobservar
y evaluar la calidad de nuestra experiencia, definiendo experiencia como
la respuesta de nuestra calidad de vida al estado de nuestra mente. ¿Y
cómo es esta calidad de vida? ¿Es esclava o libre? ¿Es diversificada o
concentrada? ¿Es confusa o es radiante?
Más adelante retornaremos
sobre estas alternativas.
"¿....Quién es aquél a quien se le teme?
a la Muerte
¿Qué es un mal mayor que la ceguera?
el hombre apasionado
¿Quién es un héroe?
aquél que no se desconcierta con las amorosas miradas de una bella mujer
¿Qué es insondable?
la conducta de la mujer
¿Quién es inteligente?
el que no se desilusiona por ello
¿Qué es la pobreza?
el descontento
¿Qué es la perdida de dignidad?
Entretenerse
¿Qué es el infierno?
depender de otro
¿Qué es la buena fortuna?
poder renunciar a todo deseo
¿Qué es la verdad?
EL BIENESTAR DE TODOS LOS SERES
¿Qué es lo que más place a todos los seres?
LA VIDA...
Prasnottara Ratnamala
En cuanto a la historia
de Tara Blanca, diremos que Wen Cheng Kung Chu, fue una princesa china
que llegó al Tibet alrededor del año 633 DC, para convertirse en
consorte del rey Songtsen Gampo, primer rey budista del Tibet. Esta
princesa trajo en su dote los ocho trigramas del I ching, que
constituirían la base del sistema adivinatorio, oracular, astrológico y
del juego de la trasmigración en Tíbet y posteriormente, en India. La
tradición tibetana reconoce, entre sus fuentes, la herencia china en
relación a su sabiduría astrológica y medica; y la tradición india como
madre de su filosofía y devoción.
El rey Songtsen Gampo
unifico las tribus tibetanas con el budismo como vehículo pacificador y
aglutinador. Tuvo dos reinas consortes, la princesa china y una princesa
nepalí, llamada Tritsun. Ambas se incorporarían a las creencias
tibetanas como formas de la diosa Tara, la diosa de la compasión. Como
ya comentamos, Wen Cheng asumiría la forma de Tara blanca, relacionada
con la idea de pureza, y Tritsun la de Tara verde evocando aspectos más
dinámicos de la compasión. Cada una de ellas tiene un loto en la mano,
cerrado en un caso y abierto en el otro, significando la incesante
gracia de la compasión que noche y día (cerrado y abierto) se derrama
sobre los hombres para aliviar su sufrimiento.
Los dos colores
fundamentales dentro del simbolismo de Tara, que en si posee veintiuna
formas y colores, son el blanco y el verde.
Es interesante notar que
ambos conforman, paralelamente, el origen, el medio y el fin del arco
iris, otro símbolo muy auspicioso dentro de toda la simbología tibetana
y oriental.
En realidad el simbolismo
del arco iris es universal y muy complejo. La nota común dentro de las
representaciones más usuales es la idea de un puente entre la tierra y
el cielo, abarcando el ámbito intermedio o atmósfera. Una lectura
microcósmica diría que si el arco iris representa el espacio intermedio,
éste en el hombre se identifica con el alma y/o con la mente en un
sentido amplio.
Además de las fuerzas de
la compasión, otro aspecto de la diosa Tara es su relación con el
principio de la liberación.
Cuando la tradición de la
india nos habla de liberación, está indicando, esencialmente, la
liberación del sufrimiento cuya raíz es el ego. Como el ego es una
factura de la mente que, en el lenguaje común denominamos mente común o
inferior, resulta que liberación es, fundamentalmente, liberación de los
patrones de la mente relativa. Es importante insistir en que ello no
implica la desaparición de la mente ni del ego en los planos prácticos
referidos a la existencia cotidiana. Sí se requiere el reconocimiento de
la relatividad de esta mente. Por lo mismo, el proceso de “ordenamiento”
de este plano mental recibe el nombre de nirvana. Como veremos, nirvana
es un término complejo que reviste distintos significados, según nos la
escuela de la cual hablemos. Prosigamos. Junto con la idea de liberación
coexiste en la tradición, la idea de pertenencia y participación con un
todo inteligente, una conciencia universal (alayavijñana) o bien con un
orden cósmico (rta, dharma, etc). Por ello la filosofía india en general
asume que cuando el hombre se libera de su ego, es además y entonces,
libre. He aquí la coincidencia de liberación y libertad.
Ahora bien, el Budismo
tibetano es, como ya dijimos, una de las metafísicos no-duales o advaya,
y esto supone que, si bien en esencia hay una no dualidad, el hombre en
su plano de ignorancia percibe el mundo fenoménico como una dualidad
contradictoria que debe compatibilizar. Tal compatibilizacion se
comprende, dentro del lenguaje de la Historia de las Religiones, como la
unión de los opuestos o la coincidencia opositorum. Y el símbolo más
frecuente, dentro del tantrismo que simbolizan la unión de ambos
extremos de una dualidad, que en el fondo no es tal, son las imágenes de
abrazo femenino- masculino. Ahora bien, este símbolo no debe
interpretarse en sentido literal exclusivamente, sino que posee muchos
niveles de comprensión. En realidad, toda dualidad que se reintegre en
la unidad puede ser sugerida por el símbolo: por ejemplo, la unión del
día y la noche, del sol y la luna, del frío y el calor, del yin y el
yang, del hombre y la mujer, y en el caso especifico de la experiencia
de la libertad, la unión de la comprensión y la actitud inherente a ella
que es la compasión. Así nos explica Guenther:
“…La conexión con el ser
y las potencialidades existentes ahora, implica lo que la mayor parte de
las filosofías y religiones llaman la NATURALEZA MAS ALTA DEL HOMBRE, en
comparación al lado más bajo o realidad absoluta y realidad comúnmente
aceptada.; ambas caracterizan simultáneamente la naturaleza humana del
mismo modo en que el hombre es al mismo tiempo, actuante y conocedor".
Cuando conocemos
plenamente, la acción oportuna sigue automáticamente y espontáneamente.
Es significante que espontaneidad y unión se denoten con la misma
palabra: sahaja. Sin embargo, cuando la acción se divorcia del
entendimiento o el conocimiento de la acción, cada uno actúa como una
traba poderosa si no como un mecanismo destructivo. Su identidad es lo
que constituye la libertad del hombre…”.
Ahora bien, ¿qué es la
compasión en estos términos? La compasión es tanto el camino como la
meta. Dentro del Budismo tibetano, el Dalai Lama nos habla de la noción
de so pa, término casi intraducible que abarca dentro del contexto de la
compasión, la paciencia, tolerancia y fortaleza.
El lama Govinda explica:
“…visto desde abajo, todo es causa y efecto, motivo y consecuencia;
visto desde lo alto, sin embargo, todo es meta, llegada y dirección . Un
auténtico y universal determinismo, sin nada de común con el
determinismo mecánico, envuelve necesidad y libertad, limitación e
indeterminación, una causa de abajo y de afuera que se corresponde con
la ley causal y una causa de arriba o de adentro que se corresponde con
la meta, o el fin, al plan y a la intención… La única dirección que
puede aquí concebirse es aquello que pasa por la luz interior, en las
profundidades de nuestra conciencia, luz que nos guía, por la
discriminación y la experiencia hacia el conocimiento y la sabiduría.
Así, pues, cuando
los resultados de esta sabiduría interior se hacen más claros, cuanto
más progresamos no sucede esto a causa de una uniformidad innata de
particularidades individuales o de fuerzas espirituales de las que un
individuo no participa más que de un modo básico, como el vidrio a la
luz del sol. Se trata aquí de una reacción positiva, conciente e
inteligente por la cual cada individuo encuentra su senda personal y
apropiada, hacia un solo fin: la Realidad…La conciencia, en tanto que
chispa de luz latente, es innata en nuestra vida y en toda vida, pero
posee tantos grados de intensidad, tantas variaciones como seres vivos
existen…. sólo cuando la plenitud de la iluminación es alcanzada, cuando
todas las variaciones se fundan y se integran en el más puro estallido,
el espíritu se vuelve libre y puede moverse en todas las direcciones y
en todas las dimensiones, abarcar y amaestrar a todas las jerarquías del
orden…”.
Y el símbolo de la
compasión es la deidad conocida como Tara. Ya hemos señalado la historia
de estas dos princesas. Con relación a la forma de Tara Verde diremos
que desde lo simbólico esta Diosa es prebudista. M.Eliade la define como
"la Gran Diosa de la India nativa" que habría sido introducida en el
Budismo a partir del s.II AD. Por esta causa, Danielou nos presenta una
cara muy distinta de Tara. Como diosa hindú, su nombre quiere decir
Estrella y su significado es "la que conduce a la otra orilla". Esta
Tara feroz, aparece como el poder del hambre y la noche de la ira.
Es la sakti del Embrión
de Oro, del Demiurgo de este mundo. Se observa que lo que primero que
aparece cuando nace el mundo es el hambre, el apetito. Y este apetito
será lo que va combustiendo - asociado incluso al aspecto digestivo-
para continuar la vida y como deseo y urgencia. Actúa de brújula para
orientar al hombre hacia su camino. Es el poder del deseo real, de la
necesidad Como combustible de la vida, Tara brilla, por eso es La
Estrella, asumiendo la triple forma de la necesidad que traga, de
combustible que impulsa y de brillo que guía. Danielou expresa: "...no
sólo hay apetito de alimento. La búsqueda del conocimiento, el deseo, el
hambre...pertenecen al reino de Tara..." Como forma del tiempo, Tara
rige la noche cerrada, de medianoche hasta la aurora, las horas más
oscuras y peligrosas, por esto es la noche de la ira. Ya este aspecto
terrible de Tara se debe a que, en el contexto hindú, ello también es
consorte de Shiva. Pero del Shiva bajo su aspecto de inmutable: del
Shiva aksobhoya. Cuando lo terrible es amado en si mismo - y, aceptado-
deja de ser tal. La diosa retorna a su aspecto tierno, amoroso y
benéfico, ya calmada su sed de combustión, y se expresa entonces como el
vacío puro e infinito.
Hemos entrado en terreno
budista. Según Conze y otros autores, el culto de Tara comienza a
expandirse alrededor del siglo II, o sea contemporáneamente con
Nagarjuna, quien se dice habría tenido matices tántricos. Danielou nos
recuerda que "Los Tantras especifican que la Diosa debe ser homenajeada
según el ritual budista, de otro modo el culto es ineficaz. En el culto
Tara aparece como la expresión del vacío pleno, la gran matriz,
expresada básicamente como sonido, el TAM de luz emergente del vacío.
Desde luego las plegarias dirigidas a la obtención de favores son
sometidas a la voluntad del orden cósmico, quedando descartada toda
posibilidad de magia impura. Recordemos que como dice Dagyab Rinpoche
“hemos alcanzado el punto en el cual es inevitable explicar la directa
influencia de lo mágico sobre la realidad por medio del uso de objetos
simbólicos y sustancias. ¿Qué queremos decir por mágico? Toda la
realidad ya sea nuestra realidad convencional o por ejemplo la realidad
tántrica, está compuesta de apariencias (fenómenos).
Esta composición de
fenómenos sigue un cierto patrón básico cuya dinámica y leyes no son
necesariamente evidentes en la superficie o en el exterior. En toda
cultura superior existe un conocimiento más profundo de estos patrones
básicos. Él es preservado y pasado por aquellos que lo poseen.
Cualquiera que posee un conocimiento más profundo de los poderes,
elementos, líneas o factores influenciantes que componen esta realidad
pueden influenciarlo a través de este conocimiento, pero siempre dentro
del marco de las leyes de ese patrón. Aquellos que comparten este
conocimiento profundo dentro de un marco de referencia cultural común
han, en el curso del tiempo, desarrollado un lenguaje simbólico en el
cual se pueden hacer entender y se comunican sin esfuerzo. Éste está
basado sobre eslabones fijos entre las formas externas o materiales y
los contenidos mentales. Tal lenguaje simbólico describe completamente,
y en una forma altamente concentrada, un “pozo de conocimiento” que ha
sido formado a lo largo de miles de años” .
Es en suelo tibetano
donde la imagen de Tara adquiere su mayor fuerza y expansión. A esta
Tara tibetana se alude en el mito de las lágrimas de Avalokita. Aquí,
Tara es básicamente la Salvadora, la Liberadora, diosa de la compasión y
reina del Cielo. Su figura se incorpora incluso históricamente al pueblo
y a la tradición tibetana como ya explicamos a raíz de Tara blanca. Tara
Verde sería la princesa nepalesa, quien habría traído una estatua
original de la Diosa. Es esta de piel oscura, de ahí su color verde, y
portaría el loto cerrado. Su culto es el más popular. Aun más, Tara
Verde aparece como la compañera sexual de Avalokita y su aspecto es más
amoroso y compasivo. Tara Blanca, vinculada a la princesa china,
representaría particularmente la pureza. Como Tara Blanca su culto se
encuentra especialmente venerado por las razas mongolas y por ende,
menos expandido.
Beyer nos recuerda que
"Hemos visto como Vagisvarskirti concebía a Tara Blanca en la función
específica de engañar a la muerte. Aunque así se la conecta con una
función particular desde el comienzo, sus actividades se expanden
rápidamente hasta cubrir todo el rango de pacificadora, incrementadora y
subyugadora con relación a todos los fines para los cuales el ritual se
utiliza primariamente. Todos los comentadores concuerdan, sin embargo,
que ella es primariamente una diosa de la vida y como tal, invocada.
Entre los bienes más pedidos por los tibetanos a sus deidades, o los
beneficios mágicos que ellos esperan alcanzar a través de la
contemplación, quizás no hay ninguno más frecuente, cercano a la misma
iluminación, que el largo de la vida... La vida humana, dicen los
tibetanos, no sólo es precaria (amenazada por todas partes y fácilmente
terminable por o en un medio duro o por las acciones negativas de
hombres o espíritus, - sino infinitamente preciosa, pues es sólo en este
cuerpo humano que se puede progresar hacia la meta final de la Budeidad.
De este modo, la condición humana, duramente adquirida, con su
oportunidad de oír, escuchar la ley sagrada, se llama la vida "de la
quietud y el beneficio".
En total, las formas de
Tara son veintiuna; y estas formas conjugan los diferentes aspectos de
las fuerzas que ellas representan. Encontramos a: La Tara Valiente, La
Blanca como la Luna de Otoño, La Tara Dorada, La Victoriosa, La que
arroja el Hum, La Arquitecta de los Tres Mundos, La Supresora del dolor,
La Dadora del Poder Supremo, La Mejor Providencia, La Ahuyentadora de la
Pena, La Protectora de Pobres, La Gloriosa, La Universal, La Terrible,
La Próspera, La que Domeña las Pasiones, La que Otorga Felicidad, La
Vasta, La que Disipa la Angustia, La que Otorga el Poder Espiritual, y
la Completamente Perfecta .
Hay una representación
particularmente elocuente de la Tara Verde. Nos referimos a la Tara
Verde del bosque de Khadiravani . La imagen central está en la postura
clásica, el trono de lotos, la pierna en postura de rápida respuesta, y
lo peculiar de esta imagen es que se ve rodeada de ocho formas
“secundarias” de Tara, cuatro de cada lado, que representan sus
actitudes milagrosas, específicas, que nos salvan de los ocho peligros
mundanos y espirituales así representados:
Leones y
orgullo
Elefantes salvajes e ilusiones descabelladas
Fuegos forestales y odios
Serpientes y envidias
Ladrones y visiones fanáticas
Prisiones y avaricias
Inundaciones y lujuria
Demonios y dudas
Según el Dalai Lama, Tara
Verde viene en nuestro auxilio en forma inmediata para liberarnos de
estos obstáculos. En cuanto al color Verde, él la relaciona con la
familia del Buda que todo lo puede: Amoghasiddhi.
La Tara Verde por todo lo
expresado nos remite a la idea de compasión y nos sugiere la acción
responsable que de ella emana: “Cuando percibimos, fascinados por el
encanto y la belleza de lo que existe, cuando nuestra percepción de las
cualidades intrínsecas de todo lo que existe crece mas profundamente,
incluso podemos ser todo amor y toda benevolencia. Entonces, nuestra
reacción al mundo no es de condena ni de reproche, sino de ayuda..."
Compasión también es comprender más al "otro" y ver las posibilidades de
debilidad en uno mismo.
En este sentido
comprendemos la esencia de aquel preliminar de Atisha acerca de “no
juzgar” y al mismo tiempo comprender el núcleo de “la paciencia, la
tolerancia y la fortaleza (el valor frente a la adversidad)…que cuando
una persona lo desarrolla adquiere una especie de compostura antes las
penalidades, una sensación de imperturbabilidad que refleja una
aceptación voluntaria, debida a la búsqueda de un objetivo espiritual
más alto. Ello implica la aceptación de una situación determinada por
medio del reconocimiento de que, por debajo de sus particularidades,
existe una vastísima y muy compleja red de causas y condiciones
relacionadas entre sí….
” Esta
aceptación nos instala en un espacio de libertad.
"...ser libre es
promulgar ser conciente. Ser libre es estar abierto a la posibilidad
disponible. La transformación es actividad. Hacer comprender lo que no
ha sido comprendido todavía, es acción apropiada o compasión, haber
comprendido y no estar separado del ser, es alegría; cuando la alegría
trasciende lo subjetivo, es ecuanimidad; cuando percibimos, fascinados
por el encanto y la belleza de lo que existe, cuando nuestra percepción
es más profunda podemos ser todo amor y benevolencia. La reacción al
mundo no es, entonces, ni de condena o reproche sino de ayuda. Esto, es
compasión. La acción de la compasión se basa en el reconocimiento del
Ser y del Valor del otro. Y como se basa en el conocimiento, no es un
sentimentalismo barato”.
Evidentemente esta
compasión no tiene nada que ver con la lástima y sí con la valoración
del otro: “…no hay nada en el mundo que no sea valioso…” y la ayuda cuya
motivación ha sido purificada según el requisito que viéramos en la
introducción.
Continua Guenther: “Otro
valor del ser, es la alegría. La alegría es la expresión natural del
sentimiento de unidad... Y en la medida en que tomo una visión más sana
y más positiva de mí mismo y de lo que existe en relación a mí mismo,
mis acciones se ennoblecen. Así, hay correlación y unidad entre mi
existencia corporal y mis acciones éticas...".
Desde este modo hemos
concluido la descripción de la rueda tibetana y las reflexiones que ella
nos propone, fluyendo hacia aquella enseñanza del Dalai Lama que se
refería a la felicidad como la meta de toda vida, esto es una alegría
esencial, una plenitud, característica del ser radiante dándole
significado a la vida en su experiencia más lucida, serena y compasiva.
Naturalmente todo depende del esfuerzo personal que cada uno ejerza en
su propia práctica. Como enseñan los lamas: “cuando la vida se
transforma en práctica, el sufrimiento cede”.
Fragmentos del libro
“La Rueda Tibetana de la Vida, un acercamiento práctico” por Olivia
Cattedra.
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